28 Jul
El sentido de la educación
Leo en el penúltimo número Cuadernos de Pedagogía un interesante artículo sobre el trabajo docente y extraigo un breve texto que sirve de puerta de entrada para lo que quiero comentar a continuación:
“¿Cómo aprendemos a diferenciar lo que es interesante de lo que es superfluo para nuestro alumnado? ¿Cómo podemos saber si conecta con lo que está viviendo? ¿Cómo podemos ver si da sentido a alguna cosa?”. Las preguntas, que todos podemos habernos planteado en algún momento de nuestra labor como docentes, es completamente válida y, todavía mejor, necesaria. Si nos la hacemos, es que nuestro espíritu crítico está vivo y nos mueve a buscar nuevos caminos, aventurarnos hacia objetivos mayores.
Pero dejemos de lado por un momento la parte filosófica y llevémoslo hacia el tema que nos mueve en este blog: las buenas prácticas medioambientales. Y vamos a destripar estas preguntas:
- ¿Cómo aprendemos a diferenciar lo que es interesante de lo que es superfluo para nuestro alumnado?
La forma de conseguirlo es conociendo a nuestros alumnos y su entorno, teniendo una relación colaborativa con los padres o tutores. No sacamos nada con llenarles la cabeza de magníficas ideas sobre energías renovables, reciclaje o huertos, si ellos no reciben ningún otro estímulo al respecto fuera del aula. Muchos hablan sobre la importancia que la escuela tiene dentro de la sociedad, pero es tiempo de recuperarla al máximo. La escuela no es lo que ocurre entre cuatro paredes y una pizarra. La escuela es el reflejo de una educación activa en el entorno físico inmediato y en las familias. Por eso es necesario incorporar a los padres en el proceso de enseñanza-aprendizaje, para coordinar los esfuerzos y conseguir mejores resultados. Así también podremos hacer una clara diferencia entre lo interesante y lo superfluo.
- ¿Cómo podemos saber si conecta con lo que está viviendo?
Al igual que la pregunta anterior, la respuesta está en el vínculo con la familia. Pero también está en el trabajo docente y en proponer actividades que puedan realmente ser puestas en marcha en otro entorno que no sea la escuela; en motivar la aparición de pequeñas actitudes que vayan teniendo un reflejo en su espacio social. Mucho se habla de las dificultades de la labor educativa y esto no hace más que confirmarlo. Nuestra tarea no es únicamente de transmitir conocimientos, sino de despertar conciencias, de promover la aparición de nuevas ideas, de darles el espacio para que incorporen lo aprendido en su vida cotidiana. Este es uno de los desafíos principales.
- ¿Cómo podemos ver si da sentido a alguna cosa?
En este caso, la comprobación no es inmediata. Pero en el corto plazo veremos que nuestras alumnas y alumnos reciben mejor la información que para ellos tiene sentido: sentido de la realidad, de pertenencia, de coherencia. Esto no quita que se les transmita la universalidad del conocimiento y de la enseñanza, que conozcan lo que ocurre más allá de sus propias fronteras y puedan echar a volar su imaginación. Sin embargo, está claro que la cercanía es un hecho significativo de reconocimiento para las personas. Y si logramos encontrar la forma de motivar, por ejemplo, el aprendizaje de lo que ocurre en otras realidades dentro de nuestro espacio inmediato, el trabajo será mucho más gratificante para ellos y para los docentes. No es necesario viajar o gastar grandes sumas de dinero. Solo falta un poco de trabajo, creatividad y mucho amor por nuestra labor.
En suma, lo que quiero decir es que no basta con plantar un huerto en el colegio (aunque sin duda eso ayuda) o con tener contenedores individualizados para los residuos o acercarlos a la naturaleza una vez al año. No, el trabajo necesario para despertar una conciencia real de las buenas prácticas ambientales requiere de mucho más esfuerzo, como de un trabajo coordinado entre todos los profesores y profesionales del centro educativo; también, con los padres y las familias; por qué no, también con las autoridades públicas y las empresas privadas. Pocas son las cosas que restan en esta tarea y muchas las que suman. Solo falta la actitud, las ganas y la voluntad de hacer algo mejor por nuestros alumnos y alumnas, y también por nuestro mundo.





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